Miedo

miedo

De pequeña tenía miedo a la oscuridad, como casi todos los niños. Será por lo de imaginar fantasmas, brujas, y zombies. Luego un día creces y te das cuenta de que la oscuridad no es tan mala. En la oscuridad se pueden ver estrellas, se pueden dar besos furtivos, se puede llorar sin sentirte juzgada por el qué dirán.  

 

Ah, el qué dirán. De entrada, ¿quién dirá qué? ¿Y a quién? ¿Y a quién coño le importa? La canción de Fangoria en estado puro.  

 

Pero importa. En esta sociedad importa: nos enseñan a buscar la aprobación, el aplauso, el sentimiento de pertenencia. Es más fácil controlar borreguitos blandos que lobos ásperos.  

 

A mí me importaba. En parte era mi trabajo: hacer que los otros digan, sientan. Porque qué es la publicidad sino inspirar sentimientos, deseos. Levantar pasiones. Como el fútbol o el chocolate. Provocar bandos. Coca-cola o Pepsi. Y yo lo sabía bien. Había sentido esos bandos de pequeña. Los otros vs Mar. 

 

Estas memeces pensaba mientras esperaba en la parada del bus, dispuesta a comenzar un nuevo día. Un nuevo día, igual que el anterior, y el anterior. Con las yemas ardiendo de dejarlas en barbecho, como cuando uno sueña en la siesta con amantes que no llaman, con pieles y presiones que nunca llegan. Mal día. Mal empezamos. Lo único que me faltaba era refunfuñar en pensamientos también. Le di al play, a ver qué sonaba y  Marazu, de repente, sin consultar, va y se pone a cantar: 

 

Y si me despierto siento miedo 

Miedo a reconocer que no me porto bien 

Miedo a vivir, miedo a sufrir, miedo a perder 

Miedo a subir al cielo de tu mano 

 

Gracias majete, por el dardo. Mejor me pongo una playlist de los ochenta. O de David Guetta. Pero me arrepentí. De alguna manera nos consuela escuchar penas, nos desanudan las tripas los lloros de otros. Será que somos seres crueles. Será que nos sentimos identificados. Mal de muchos. 

 

El autobús tardaba. Para variar. Así que me puse a observar a la gente. Donde menos te lo esperas está la inspiración, la chispa, la respuesta que andabas buscando. En la acera de enfrente divisé un grupo de reinas del baile adolescente, a falta de corona o de alas, que perseguían a otra con coleta y piernas zambas. No era algo que fuera obvio para el resto de adultos grises de la parada. Pero yo sabía, porque había estado en el pellejo de la niña de la coleta. Sabía reconocer la tensión, el paso apretado falsamente lento, la mirada de me da igual, pero que, si se observa de cerca, pareciera una presa en marzo. A punto de reventar. Abran la esclusa.  

 

Le decían cosas que yo no oía pero que escuchaba en mi mente. Las leía con subtítulos. Toda la acera. Un paso, otro , otro, Dios la calle es muy larga. 

 

Pero de repente la niña de la coleta giró una esquina y se perdió entre la gente. Las otras siguieron recto. Expiré y se me relajó la tensión de los hombros. Llevaba reteniendo el aliento desde que las había visto, sin darme cuenta.  

—¿Va a subir o qué? 

El conductor me miraba enfadado con las puertas del bus abiertas de par en par. De eso tampoco me había dado cuenta.  El autobús nuestro de todos los días me esperaba para llevarme en el mismo horario de todos los días a mi trabajo de todos los días donde, como todos los días, me sentiría mal. 

Me sentiría atrapada. 

Marazu, ¿tú que dices? 

 

Grito fuerte para no pensar

Pero resulta tan difícil escapar del pasado

Que me empuja de costado Y me hace tan difícil caminar 

Que hoy me resulta imposible escapar del.…

Miedo a reconocer que no me porto bien

Miedo a vivir, miedo a sufrir, miedo a perder 

 

Miedo mis ovarios. Yo ya tuve miedo mucho tiempo. Nunca más. 

—¿Señora? O sube o me largo, que voy con retraso. 

—No, lo siento, resulta que no me había dado cuenta y me había equivocado. 

—¿De línea? 

—De vida. 

 

Cristina Bou

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