Evidencias de que soy una viejenial

viejenial

Todo empezó como la sombra de una sospecha. Hechos que me resultaban conocidos a pesar de no tener conciencia de haberlos vivido. Una pegajosa sensación de estar viviendo la existencia de otro, y que no me gustaba en absoluto. 

Me despertaba angustiada por las noches y un escalofrío recorría mi cuerpo. Sudores fríos, palpitaciones, y por último, el insomnio. 

Hasta que un día até todos los cabos y caí en la más odiosa de las realidades: soy viejenial. 

Al principio me negué a aceptar mi condición. ¿Yo, mayor? ¡Tonterías!

Seguía vistiendo en Zara y Stradivarius (aunque cada vez me costaba más encontrar talla L o XL), me gustaba la música que escuchaban mis hijos adolescentes, estaba al cabo de la calle... 

Pero estaba dando la espalda conscientemente a la realidad. Existían señales inequívocas de que ahí estaba el inexorable paso del tiempo. 

Y ya no se trataba del duelo de aquella primera vez que me llamaron señora en el supermercado, con escasos 26 años sobre mis espaldas y unos 10 mi infantil contrincante, no. Es que ahora el novio de mi hija adolescente dudaba entre tratarme de usted o tutearme, y yo no lo consideraba tan joven. 

Otro día descubrí horrorizada que me estaban saliendo canas. Y no solo en la cabeza. 

El Titanic se hundió más lentamente que yo. ¿Cuándo había pasado?

¿En qué momento me volví mucho mayor de lo que quería reconocer?

Desgañitarse, con dos cervezas de más, cantando Maluma en las fiestas del pueblo, no es ser joven. Es ponerse en ridículo. Y tuvieron que pasar meses para percatarme. Aunque mis adolescentes ya me lo habían advertido con todo el cariño que pudieron. 

Debí percatarme aquélla vez que despedí a una amiga desde la ventanilla de mi coche, agitando la mano como una reina tras un cristal blindado y mis tríceps se columpiaban a su libre albedrío: a la derecha cuando mi mano iba hacia la izquierda; a la izquierda cuando mi mano fue hacia la derecha. Vergonzosamente hipnótico.

Me he visto obligada a desterrar los tirantes de mi vestuario. Bienvenida manga francesa. Aunque en verano abrigues más de lo debido. 

¿Debo preocuparme ahora por el temido efecto Camacho bajo mis axilas?

soy viejenial como mi madre

Las siguientes pistas fueron más sutiles. Esa curiosa casualidad que me hacía encontrar un pañuelo de papel a medio usar en todos los bolsillos de las prendas que había vestido en los últimos meses.

¿Era posible que hubiera sido yo? Eso solo lo hacía mi madre...

¡Mi madre! ¡Me he convertido en mi madre!

Y a mucha honra, por supuesto, pero el día que caes en la cuenta es un shock emocional.

Mentalmente, yo tengo una imagen de mí misma que me agrada bastante más que la que me devuelve el espejo de cuerpo entero de mi habitación. Y el del baño. Y el de la habitación de la aborrescente. Todos ellos están mal, con la hora y el ángulo cambiado. Yo no soy esa. 

Si nuestros hijos son milenial, nosotros somos viejenial. Y el término tiene su gracia, pero las implicaciones no tanta.

Esa obligación de ser cauta a la hora de tener ataques de risa de larga duración. Porque no siempre eres capaz de retener la orina donde corresponde. Que lo mismo te puede pasar mientras paseas por el campo en primavera y te da un ataque de alergia. Con cada estornudo aprietas abdominal y más abajo, pero ya no responde a tus órdenes. Como los hijos cuando crecen.

O si vas al gimnasio y te da por una clase de zumba movidita... ahí está tu pérdida de orina, sustituta de tu menstruación, jodiéndote un poco la existencia. Recordándote, a cada salto, que te puedes hacer pis encima y que tus mallas ajustadas no dejan mucho a la imaginación, así que la mancha será visible... 

¡Exactamente igual que mis pesadillas de adolescente!

Eres consciente de que eres demasiado mayor la primera vez que descubres que se puede sudar por el bigote. Y por debajo de las tetas. Y por la espalda, a chorros. Y justo en ese momento te encuentras con un conocido a quien no ves hace meses y se empeña en saludar, darte dos besos y posar su mano justo donde el charco es mayor, coincidiendo con la tira del sujetador, que en esos momentos está más cargada que la presa del embalse de Valmayor. 

¿Está permitido llorar como una niña en esos momentos? Porque debería. 

No hay dolor comparable al día que descubres, atónita, que te haces la pedicura no porque te guste lucir las uñas vestidas con los colores del verano, sino porque han adquirido un aspecto tan parecido al mejillón gallego que temes que las gaviotas pretendan comerse tus dedos cuando vayas a la playa. 

Una mañana te levantas y sientes cómo tu antaño frondosa melena parece pelillo de rata. Y todos esos pelos que has perdido de la cabeza te crecen en lugares insospechados: barbilla, bigote, oreja... o aquellos en forma de culebrilla que hacen eses por el contorno del arco de tus cejas.

Una semana más tarde, después de comer toda la familia unida, te sientas a escuchar las noticias y empiezas a gritarle a Matías Prats porque te indigna el contenido de esa media hora de información. 

matías prats tambien es viejenial

¿Por qué, Señor? ¿Por qué?

Si tengo que envejecer, dame un poco de cancha. Tengo la sensación de que ha sido todo muy a lo bestia.

Ayer estaba planeando un viaje con mis amigas para bailar hasta el amanecer y hoy veo amanecer todos los días porque no consigo quedarme en la cama más allá de las 5 de la mañana, la hora bruja de mi vejiga.

No le tengo miedo a las arrugas, las manchas en las manos o al dolor de rodillas. Los tengo todos interiorizados y conviviendo conmigo desde hace muchos años. Pero sí me aterra la posibilidad de no recuperar esa frescura de antaño, de hacer cosas sin pensar tanto en el mañana. De vivir con la melena al viento, de no ser tan cauta. 

No es que quiera convertirme en una inconsciente, pero es pronto para la Tena Lady. Me asumo como soy, aunque desearía conservar rasgos propios de la juventud que se van desdibujando y me duelen. 

Por el momento, he decidido dejar de teñirme las canas de la cabeza para que todos los pelos que salgan (dondequiera que lo hagan) combinen entre ellos.

La coquetería aún permanece. Poco, pero menos es más. O eso dicen. 

Dime que tú también sientes que estás descatalogada, por favor. Necesito sentir que no estoy sola. 

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